2010-07-11 1271 lecturas
Manuel Riesco
especial para G80
Rentistas y banqueros
Hasta que estalló la crisis, los banqueros y los rentistas venían reinado en el mundo por tres décadas. Junto con ellos, los profesores Neoliberales. Los capitalistas productivos lo han pasado bastante peor y para que decir sus obreros. Puede que ello no sea casual. Parece existir una conexión carnal entre rentistas y los banqueros. Y ciertamente, una de las grandes lecciones de la crisis es que el auge de estos últimos, les permitió resucitar a los viejos y carcamales anarquistas burgueses, los "liberales clásicos," como los llamaba Keynes, de la tumba en que yacían muertos en vida desde la Gran Depresión, que con sus ideas extremistas agravaron en medida no menor. No es raro, puesto que sus ideas les vienen como anillo al dedo.
El que trae a colación la ligazón entre rentistas y banqueros es Michael Hudson, un economista de Letonia, en un interesante artículo editorial publicado por el Financial Times del 7 de julio del 2010. Aboga por aumentar los impuestos a las propiedades y bajar los que afectan al trabajo, para restablecer de ese modo la competitividad de la economía, como alternativa a provocar una recesión contrayendo el gasto fiscal o devaluar la moneda.
Lo menos que se puede esperar de un economista letón es que busque alternativas, puesto que su país ha abrazado la primera opción con tanto entusiasmo, que ha provocado una caída de 20 por ciento del PIB en los últimos dos años, mientras los salarios de los empleados públicos se han recortado en 30 por ciento.
Escribe Hudson: "Los impuestos en la mayoría de las economías post soviéticas de Europa del Este, al igual que otras como Grecia, son regresivos. Se suman al precio del trabajo y la industria mientras son muy bajos respecto de la tierra. Bajar los impuestos al trabajo puede reducir el costo de la mano de obra sin estrujar más el poder adquisitivo y el estándar de vida." Y agrega:
"Subir los impuestos a la propiedad de la tierra, mientras tanto, dejaría menos valor para ser capitalizado en préstamos bancarios, previniendo así contra un futuro endeudamiento. Los bajos impuestos a la tierra son en parte responsables de las burbujas inmobiliarias, puesto que transfiere la renta no gravada a los bancos, que por su parte la prestan para subir los precios de la tierra más todavía. Es bueno recordar que gravar el 'almuerzo gratis' del precio ascendente de la tierra era parte del liberalismo de Adam Smith y John Stuart Mill y los Reformadores de la Era Progresista en los EE.UU., todos los cuales buscaban hacer más competitivas a sus economías."
Tiene toda la razón. En efecto, los rentistas multiplican el poder de los banqueros, provocando un desbalance respecto de los industriales. El asunto se puede entender mejor si por un instante se parte del supuesto que los rentistas no existen. En ese caso, todo el dinero disponible para manejar por los bancos provendría de los propios industriales, quiénes manejan el proceso de producción donde se crean todo el valor y la plusvalía. A lo más, podrían recibir depósitos de los comerciantes, que son otra clase de capitalistas con las cuales los industriales comparten parte esta última por razones, bueno, comerciales. Parece indudable que en una tal situación, el poder relativo de industriales y banqueros estaría fuertemente sesgado en favor de los primeros.
Entren de nuevo los rentistas y la cosa cambia de inmediato. Estos tipos no hacen nada. Están sentados sobre un tesoro y ofrecen la llave del cofre a cambio de una renta. Se apoderan de este modo de parte de la plusvalía, generada por cierto toda ella en la esfera de la producción. Como no son aficionados a ese exigente oficio, no saben que hacer con la plata y la depositan en los bancos. Estos, a su vez, la reciclan prestándola a los capitalistas productores o comerciantes. De este modo, mientras mayor la tajada que agarran los rentistas, mayores los recursos que terminan en poder de los bancos, sin provenir directamente de los capitalistas productores o comerciantes. No hay que ver debajo del agua para comprender que ello cambia la ecuación de poder a favor de los banqueros y en contra de los capitalistas productores y comerciantes.
Los lectores se preguntarán que pasa con los trabajadores en este cuento. La verdad es que estos últimos en su conjunto no tienen capacidad de ahorro significativa. Sus ingresos provienen exclusivamente de sus salarios, los que cuando más alcanzan para cubrir lo que necesitan para vivir dignamente; usualmente andan bien por debajo de eso. Lo poco que logran ahorrar en las épocas de "boom" lo pierden en las crisis que les siguen inexorablemente. Los bancos se acuerdan de ellos solo para escamotearles una parte significativa de sus salarios mediante préstamos hipotecarios y de consumo. Estos no son crédito productivos, como los que hacen a los capitalistas, sino usura pura y dura. En Chile, según una encuesta reciente, ciertos estratos de trabajadores deben en promedio siete meses de sueldo y pagan un 30 por ciento de los mismos en intereses. En este magro y lejano país, los financistas descubrieron como escamotearles otro 13 por ciento del salario, supuestamente para solventar una pensión en el futuro lejano. En lugar de eso, hace treinta años que lo vienen traspasarlo casi íntegramente a propios bolsillos. Uno de cada tres pesos contribuidos en todo este tiempo terminó en propiedad de los administradores de este negocio y la mayor parte del resto se lo prestaron a sus compinches, en primer lugar a los dueños de las mismas administradoras. ¡Que lindura!
Hudson recuerda el ejemplo de Hong-Kong, cuyo dinamismo se basó principalmente en la recaudación de la renta de la tierra, mientras se mantenían muy bajos los impuestos al trabajo. Podríamos agregar el ejemplo de Noruega, país que tiene el mejor esquema moderno de captura de rentas mineras. Cobra por el derecho a explorar, por el derecho a explotar, luego aplica un royalty a las ventas y además una sobretasa a las utilidades; todos ellos variables en función de los precios. Adicionalmente, reserva la mitad de los yacimientos para ser explotados por la minera estatal, que establece pisos a las normas técnicas y topes movibles a la producción. Todo ello le ha permitido recaudar casi toda la renta, lo cual efectivamente le permite mantener bajos los impuestos al trabajo y una elevada competitividad. Aparte de dar a su pueblo el mejor índice de desarrollo humano del mundo, según el PNUD. Ha acumulado además un fondo de reserva de medio billón de dólares.
Los chilenos debemos realizar un profundo debate nacional respecto de estas materias. Lo primero, desde luego, es recuperar la renta de los minerales, de los cuales se han apropiado un reducido número de empresas privadas, aprovechando resquicios que presentan evidentes vicios de inconstitucionalidad. Otros simplemente se los apropiaron a la mala, como el yerno del dictador, que se quedó con la empresa estatal de salitre que el suegro le encargó privatizar; aparte de la segunda mayor superficie de pertenencias mineras de Chile después de CODELCO, incluida buena parte del litio. Esta es la parte conflictiva, pero que se le va a hacer. Ya lo hicimos una vez y más temprano que tarde lo haremos de nuevo.
Los inmensos recursos que quedarán disponibles permitirán elevar la calidad de vida de la población y la calificación de la fuerza de trabajo. Sin embargo, las implicancias para la competitividad general del país va aún más allá que eso. Como bien dice Hudson, entre otras cosas, nos permitirá rebajar los tributos al trabajo y a la industria. El tema va más allá de la minería, sin embargo. Una buena política que capture para el Estado la renta de la tierra en general, del agua, de la atmósfera y en fin, de todos los recursos naturales que se tornan escasos, es la clave del futuro del país.
Manuel Riesco
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