Columnas
2010-07-14
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Manuel Riesco
especial para G80

Numeritos antiguos

Al intentar ilustrar las categorías de la economía política clásica con las cifras de la economía de hoy ciertamente hay que andarse con pies de plomo puesto que se trata de un terreno más o menos resbaladizo. Sin embargo, el que no se arriesga no cruza el río. El ejercicio adquiere un renovado interés, ahora que la crisis ha puesto de manifiesto la necesidad de recuperar esas categorías para comprender mejor el mundo de hoy.

La cosa se facilita muchísimo por la sencilla razón que el supuesto abandono por parte de la teoría económica de los postulados básicos de los clásicos - que resultan un tanto incómodos - es más bien un asunto de la boca para afuera.

Por ejemplo, más allá de toda la pirotecnia subjetivista (los clásicos ciertamente consideraban adecuadamente los gustos de las personas en la determinación del valor de las mercancías, cuyo primer requisito es ser, bueno, útiles), la teoría económica sigue reconociendo que las mercancías se venden por lo que cuesta producirlas. A la larga o a la corta, dicho costo se reduce a su vez al costo de los insumos más el valor agregado en el proceso productivo.

De este modo, el familiar concepto de valor agregado representa exactamente el concepto de valor de los clásicos. Y por cierto, cualquier tendero que calcula el pago de su IVA mensual sabe exactamente lo que significa, al igual que el especialista del Banco Central que calcula el producto interno bruto, PIB, que no es otra cosa que la suma de los valores agregados por todos los negocios. Cualquiera de ellos sabe que hay que descontar de precio de venta los precios de todos los insumos y servicios, menos uno: el pago a la fuerza de trabajo; por algo será.

También sigue reconociendo, en definitiva, que todo el valor agregado se genera en los procesos de producción de mercancías, para luego transmitirse al conjunto de la economía mediante cuatro grandes procesos de transferencia de valor, los que actúan principalmente vía precios: hacia las firmas innovadoras desde las más quedadas, desde los productores hacia los comerciantes y banqueros, desde las industrias intensivas en mano de obra a las intensivas en capital y finalmente, de todos los capitalistas hacia los rentistas.

Todo ello aclara muchísimas cosas muy importantes. Por ejemplo, que el PIB mundial sólo puede crecer al ritmo del incremento en el número, calificación e intensidad, de la fuerza de trabajo ocupada en producir mercancías, es decir productos y servicios que logran venderse. Ésta a su vez se expande hoy principalmente en los países emergentes, principalmente debido a la avalancha de inmigrantes que llegan del campo a inundar sus mega ciudades - 18 millones al año sólo en China, más de 60 en el mundo entero.

También explica porqué el desarrollo capitalista sigue una trayectoria cíclica, producto del choque de dos grandes fuerzas contrapuestas: por una parte, la necesidad de ampliar constantemente el número de trabajadores para incrementar la masa de valor y ganancia producida y por otra, la tendencia a reemplazarlos incesantemente por tecnología, para lograr la transitoriamente lucrativa posición del innovador.

Sin embargo, desde hace más de un siglo, la teoría económica se viene empeñando en expugnar estos conceptos, porque dejan al desnudo una verdad incómoda: todo el valor proviene del trabajo, pero al trabajador solo se le paga lo que necesita para vivir dignamente - o algo menos, dicen - es decir, el valor de su fuerza de trabajo.

Entonces, resulta que el capitalismo no es muy diferente a los regímenes de explotación que le precedieron en la historia: en todos ellos los que trabajan dedicaron una parte de su jornada a su propia mantención y entregaron el resto gratis para el goce de otros, especialmente sus señores. Y tarde o temprano terminará como los anteriores.

Resulta interesante apreciar estos conceptos tal y como ellos se manifiestan hoy en la economía de un país emergente como Chile, que más o menos ha completado su transición desde la sociedad agraria tradicional que seguía siendo hasta hace medio siglo atrás.

Cuenta adicionalmente con el privilegio de un notable sistema de información acerca de su fuerza de trabajo, puesto que probablemente es uno de los pocos países del mundo que realiza un censo general una vez al mes y revisa la situación laboral de toda su población en edad de merecer, uno por uno, identificados por RUT, nombre y apellido. Eso es precisamente lo que ocurre con la revisión mensual de las cartolas de AFP por los computadores de la Superintendencia de Pensiones. Es lo único bueno de este bendito sistema.

El cuadro a marzo del 2010 era el siguiente:


Fuente:    Informe Estadístico Trimestral de Afiliados y Cotizantes. Sistema de AFP e INE.            
Notas:                    
(*)    Corresponde al número de afiliados que cotizaron en Marzo de 2010, por remuneraciones devengadas en Febrero de 2010.                
(**) Trimestre enero-marzo 2010      
         

Se puede apreciar que un 42 por ciento de los cotizantes de un mes dado trabajan en la producción de bienes y servicios, mientras un 29 por ciento está ocupado en el comercio y un 3 por ciento en las finanzas. En su conjunto, ellos constituyen tres cuartas partes de los cotizantes y casi todos son empleados de empresas capitalistas, las que ciertamente no hacen este esfuerzo por bolitas de dulce.

El cuarto restante trabaja para el Estado, en servicios sociales y doméstico, o no registra información al respecto. El número total de personas que en marzo del 2010 enteró cotizaciones en las AFP por el mes de febrero anterior alcanzó a 4.167.507.

Las cifras anteriores incluyen 77.827 personas que cotizaron en calidad de trabajadores independientes, que representan apenas un 1,9 por ciento de los cotizantes en AFP. Por otro lado, hay que considerar a 95.225 trabajadores activos que todavía cotizan en el sistema público de reparto.

Si se considera que el número total de personas ocupadas a febrero del 2010 alcanzaba a 6.967.931 según el Instituto Nacional de Estadística, INE, ello significa que dicha institución estima el número de trabajadores por cuenta propia que no cotizaron en ningún sistema previsional, en un total de 2.705.199 personas. Visitaron ese mes el precario mundo de los informales. Sumados a los trabajadores independientes que cotizaron en las AFP, el número de trabajadores que trabaja por su cuenta alcanza a cerca de un 40 por ciento de los ocupados y a poco más de un tercio de la fuerza de trabajo total, que el INE estima alcanzaba ese mes a 7.625.805 personas.

La fuerza de trabajo considera a todos quiénes manifiestan disposición a trabajar, objetivo que 657.854 personas no lograron en marzo del 2010. Ellos representan un 8,63 por ciento de la fuerza de trabajo que fue registrada como desocupada; ni siquiera alcanzaron las pocas horas durante la semana anterior a la encuesta que el INE estima suficientes como para declararlas oficialmente ocupadas.

La fuerza de trabajo masculina coincide casi exactamente con el número de varones que tiene una cuenta AFP; los hombres que disponen de una pero que el INE no incluye en la fuerza de trabajo son apenas 37.233. Eso cambia radicalmente en el caso de las mujeres. Existe casi un millón de poseedoras de cuentas AFP (958.846) trabajando en su casa como chinas, sin embargo, en la encuesta de ese mes se manifestaron como no ocupadas ni en disposición a buscar trabajo y se las declaró inactivas.

Todos y todas las anteriores poseen una cuenta AFP y casi todos han cotizado como trabajadores dependientes en el curso de los últimos tres años. Es decir, casi todos los 2,7 millones de ocupados informales, los 658 mil desocupados y casi un milllón de mujeres inactivas, han cotizado como asalariadas en el curso de los años recientes. Eso solo se explica porque los trabajadores ocupados y formales de este mes, serán los informales o desocupados del siguiente y viceversa. En el caso de las mujeres, ellas además entran y salen constantemente de la fuerza de trabajo.

No existe una muralla china que separe estas categorías. Pertenecer a una de ellas no constituye una condición, sino una probabilidad. Excepto para una minoría, alrededor de un 11 por ciento de los afiliados a las AFP que cotizan todos los meses del año y en el otro extremo menos de un 2 por ciento que son trabajadores independientes asimismo estables. Mientras tanto, dos tercios cotizan menos de la mitad del tiempo, la mitad menos de un tercio de los meses, un tercio menos de un quinto del tiempo y un quinto menos de un mes de cada diez. Tal es la precariedad del mercado del trabajo en este jaguar emergente.

Reagrupando a los trabajadores y trabajadoras chilenas según las categorías de la economía política clásica, podemos comprobar que los trabajadores que laboran valorizando directamente un capital en la producción, comercio y finanzas, son poco más de un tercio del total de afiliados a las AFP. Apenas un poco más que los trabajadores que laboran por su propia cuenta, que bordean un tercio de los afiliados. Hay otro 13 por ciento que trabaja con contratos asalariados en el Estado y servicios sociales y domésticos, es decir, no valoriza directamente capital alguno. Finalmente, existe un amplio ejército industrial de reserva, compuesto por los que está buscando trabajo si encontrarlo pero asimismo por un enorme contingente de un millón de mujeres que entra y sale constantemente de la fuerza de trabajo activa.

Trabajadores según categorías de economía política


Fuente: CENDA en base a SP e INE (números y letras se refieren a las líneas de los Cuadros 1, 2 y 3)

Todas estas categorías mantienen sus proporciones en forma más o menos estable, considerando una tendencia de largo plazo al incremento en la proporción de asalariados a través de los vaivenes de los ciclos económicos. Sin embargo, las personas rotan constantemente entre una y otra, entrando y saliendo constantemente de trabajos asalariados de muy corta duración y trabajando por cuenta propia mientras no encuentran empleo, con períodos de desocupación entremedio. En el caso de las mujeres, como se ha mencionado, ellas además entran y salen a cada rato de la fuerza de trabajo activa.

En base a las categorías antes mencionadas y conociendo el PIB y la masa de salarios, se pueden ilustrar otras que pueden resultar de interés. Empezando por lo más sencillo, al calcular el PIB del 2009, el Banco Central estimó que la producción de valor agregado en Chile alcanzó a 91,6 billones de pesos del mismo año, a precios corrientes (algo menos de 180.000 millones de dólares).

Dejemos constancia que parte de esa cifra corresponde a renta minera - un promedio anual no inferior a 7 billones de pesos entre el 2005 y el 2009 - y otras transferencias de valor desde otras partes del mundo, pero dejemos eso para más adelante.

La masa general de salarios, por su parte, se puede estimar fácilmente a partir del salario promedio y número de los cotizantes en las AFP, que en marzo del 2010 alcanzaron a $456.050 mensuales y 4.184.905 personas, respectivamente, lo que arroja un total anual del orden de 22,9 billones de pesos.

Olvidemos por ahora que las AFP se las ingenian para quitarles un 13 por ciento redondito y que el servicio de sus deudas a bancos y casas comerciales les resta cerca de un 20 por ciento adicional, de lo cual parte significativa son intereses usuarios. Esos son pelos de la cola.

Calculada de este modo, la masa de salarios equivale en Chile exactamente a una cuarta parte del PIB. Con este solo dato, el popularísimo pulpo Paul lo elevaría con toda seguridad al podio de los países más mezquinos del mundo.

Sin embargo, un 40 por ciento de los trabajadores ocupados trabaja por cuenta propia, que transpiran tanto como los otros y casi todo lo que producen lo venden. Por lo tanto, buena parte del valor agregado sale de sus manos y neuronas. Queda todavía un sector campesino independiente, donde estos trabajadores se concentran en cierta medida, que más consume que vende lo que produce. Sin embargo, está reducido a menos del 10 por ciento de la fuerza de trabajo. Por lo demás, los trabajadores independientes se distribuyen por todas las ramas. Probablemente se concentran, asimismo, en las ramas productoras de bienes y servicios que son más intensivas en mano de obra y por lo tanto generan más valor, sin perjuicio que éste se transfiera luego a otros sectores vía precios. En cuanto a su calificación, ha de recordarse que en buena medida son los mismas personas que al mes siguiente aparecen en las estadísticas como trabajadores asalariados y viceversa. De este modo, no resulta aventurado suponer que ellos generan más o menos un 40 por ciento del PIB, es decir, unos 36,6 billones de pesos por año.

El 60 por ciento del PIB lo producen los trabajadores asalariados, manuales e intelectuales, pero no todos ellos por igual, sino principalmente aquellos que trabajan en las ramas de producción de bienes y servicios, donde prácticamente todos valorizan un capital. De sus manos y el desgaste de sus músculos y nervios nace un valor agregado de 55 billones de pesos anuales.

La masa de salarios de estos trabajadores, calculada del mismo modo anterior, alcanza a 9,54 billones de pesos anuales, de donde se deduce que la masa total de plusvalía que generan, que es toda la que se produce en la economía chilena en su conjunto, alcanza a 45,5  billones de pesos (se reitera que al menos 7 billones son renta minera, transferida desde otras latitudes).

La tasa de explotación, definida por Marx como la masa de plusvalía dividida por la masa de salarios, alcanza de este modo a 476 por ciento. Visto al revés, los trabajadores ocupados en las ramas productivas dedican un quinto de su jornada a reponer el valor de su fuerza de trabajo y los otros cuatro quintos trabajan de gratis.

¿Para quién? Ahí la cosa no es tan sencilla. Parte importante del valor no se realiza en las ventas de las ramas productivas, puesto que ellas venden con descuento a los comerciantes, por ejemplo. Por otra parte, los capitalistas productivos deben pagar las ganas a los banqueros por el dinero que les prestan. El fisco saca también su tajada, que no es menor. De ese modo, el aporte al PIB de las ramas productivas es mucho menor, apareciendo el resto como valor agregado en los demás sectores.

Del mismo modo, los comerciantes y banqueros no son muy dados ellos mismos al trabajo, excepto los más chicos entre los primeros. Por este motivo, contratan una enorme masa de trabajadores - en Chile son 1,3 millones, un tercio del total de asalariados -, los que hacen posible que se apropien de la parte de la plusvalía que estiman que les corresponde. Les importa un bledo si sus trabajadores generan valor, aunque muchos trabajadores del comercio, por ejemplo, de hecho si lo generan, puesto que se dedican a labores de almacenamiento, empaque y otros, que forman parte de la cadena de producción. Su interés es que valoricen su capital, así sea produciendo valor o permitiendo apropiarse del valor producido por otros. Y como bien dice Marx, esta es la condición esencial del obrero productivo en el capitalismo; más aún que producir valor o plusvalía, que por cierto la producen otros también.

Por esta razón, si bien toda la plusvalía se genera en la producción, no toda ella termina en manos de los capitalistas productivos, ni mucho menos. Estos ni siquiera la ven, en parte significativa, por el fenómeno de precios señalado. A lo cual hay que agregar los intereses e impuestos que pagan. Tampoco termina toda ella en manos de los capitalistas de otras ramas, aunque ellos se llevan la tajada del león, especialmente los banqueros y grandes cadenas comerciales.

De hecho, es también del valor y la plusvalía generadas en la producción de donde salen los salarios del resto de los trabajadores apatronados, entre ellos los empleados bancarios y de tiendas y los funcionarios del Estado.

Por las razones anteriores, tiene mucho sentido comparar la masa total de plusvalía con la masa salarial en un sentido más amplio. Por ejemplo, los 45,5 billones de pesos de plusvalía total comparado con los 16,8 billones de pesos de la de masa de remuneraciones de todos los trabajadores explotados por el capital. Ello arroja una proporción de 270 por ciento. Visto al revés, el conjunto de los trabajadores explotados por el capital trabajan un poco más de un tercio de la jornada para reponer el valor de sus salarios - sea produciendo o facilitando la apropiación de valor - y el resto gratis.

También tiene sentido comparar la masa total de salarios y la masa total de valor agregado por los asalariados. Dicha razón alcanza al 42 por ciento. De uno u otro modo, ello refleja la proporción en que trabajan para sí mismos y para otros. Acá se consideran, por una parte, los 55 billones de pesos que corresponden a la parte del la parte del PIB producida por los asalariados - se recuerda que el resto lo generan los trabajadores por cuenta propia - y por otra, los 22,9 billones de pesos que suman los salarios del conjunto de los trabajadores que dependen de un empleador. Estos incluyen a todos los trabajadores dependientes, manuales e intelectuales, productores de bienes o servicios, dedicados al comercio o las finanzas, funcionarios del Estado, servicios sociales o domésticos. Todos los que venden su fuerza de trabajo, en una palabra.

Todos estos cálculos se presentan en el cuadro que sigue:


Fuente: CENDA en base a SP e INE (números y letras se refieren a las líneas de los Cuadros 1, 2 y 3)

En resumen, en Chile hoy, el conjunto de los trabajadores asalariados trabaja, en promedio, un 42 por ciento del tiempo para ellos mismos, que con sus familias constituyen la mayoría de la población. El resto lo aportan de gratis a la sociedad en su conjunto.

Cuando estos mismos trabajadores pierden el empleo, como ocurre con mucha frecuencia, algunos quedan desocupados, pero la mayoría se las arregla trabajando por cuenta propia. No todo el valor que generan en esa condición - que es del orden del 40 por ciento del PIB total, como se ha mencionado - queda para ellos, ni mucho menos.

Los capitalistas les quitan una parte muy importante por diversos medios, como pagarles menos de lo que valen sus servicios o productos, cobrarles más de lo que valen lo que ellos consumen, embutirles préstamos usurarios, ahora los quieren obligar a cotizar en las AFP, en fin, imaginación no les falta para estos fines. Por otra parte, siguen aportando una parte importante de sus ingresos como impuestos.

Sin embargo, cuando están en la condición de trabajadores por cuenta propia, no están sometidos a la forma esencial de explotación capitalista: trabajar a cambio de un salario valorizando un capital, sea produciendo directamente plusvalía para su empleador o facilitando que éste se apropie de plusvalía generada en otros lados.

Sea como fuere, mediante explotación capitalista directa cuando están apatronados o mediante diferentes formas de expropiación de sus ingresos cuando trabajan por cuenta propia, la parte del león de todo el valor generado cada año por el trabajo humano, termina en manos de los capitalistas. De eso no cabe dura.

No hay estadísticas fiables en Chile a este respecto, pero como referencia baste saber que en los EE.UU., que si las tiene y es un país infinitamente mas igualitario que Chile, el uno por ciento más rico de la población llegó a apropiarse de más de un cuarto del ingreso total. Lo que es peor, el uno por ciento del ese uno por ciento, es decir el 1/10.000 de la población, llegó a apropiarse del 13 por ciento del ingreso total. Esa fue la culminación de tres décadas de neoliberalismo, cuyo resultado por esos lados fue que de cada dólar en que creció la economía de ese país entre 1976 y 2009, el uno por ciento más rico se quedó con 58 centavos. Para saber como anda cosa en Chile, basta darse una vuelta por el alucinante barrio de La Dehesa, donde a simple vista se ve que va a parar buena parte del PIB.

Sin embargo, también sale del sudor y la neurosis de los trabajadores, el valor destinado a sostener a todos los ciudadanos que no trabajan o apoyar a los que ganan poco. También lo que el Estado gasta en engrandecer y defender al país.

A todos les llega algo. Incluida tantísima gente como el autor de estas líneas, que trabaja no poco y disfruta vivir de un modo sencillo. Sin embargo, es poco lo que produce él mismo de valor. Ciertamente, casi nada de lo que consume puesto que casi todo lo compra, incluidos los servicios domésticos.

Asimismo, es mucho menos de lo que quisiera, lo que logra vender de los productos de su trabajo. Sería fantástico, por ejemplo, que alguien pagara por leer estas líneas, escritas con no poco desgaste de neuronas a lo largo de demasiadas horas, según reclaman a menudo su mujer y familia. Pero eso no ocurre con frecuencia.

Retribuciones sobran por ello, desde luego, la gente es extremadamente generosa a este respecto. No hay dinero que pueda comprar la infinita cantidad de compensaciones que la gente sabe dar a quiénes se dedican a estas cosas. Sin embargo, lamentablemente, la mayor parte no adquiere la forma de intercambio mercantil. Es decir, no hay valor de por medio, sino simplemente una suerte de intercambio directo de servicios, a la comunista, entre el autor y sus lectores. Sin embargo, como decía el personaje de Dostoiesvky ¿que es el dinero sino la forma concentrada de la buena voluntad de los demás?

De otro lado, sin embargo, por las más diversas vías, al autor le llegan algunas monedas con las cuales se las arregla de lo más bien. ¿Y de donde provienen esas? Ciertamente son parte del valor producido por el trabajo de otros. Por todo lo cual, el autor agradece muy sinceramente el aporte que  recibe de los trabajadores chilenos (y también de trabajadores extranjeros vía transferencia de rentas), que con sus manos y cerebros crean y venden la producción social así organizada.

Lo menos que se merecen es ser tratados con respeto.

Manuel Riesco

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