Columnas
2010-10-07
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Angel Saldomando
especial para G80

Paracaídas sin Correa

La crisis ecuatoriana ha nuevamente despertado, si es que alguna vez duermen, los viejos demonios latinoamericanos, los golpes de fuerza y la caída de presidentes electos democráticamente. El presidente Rafael Correa parecía caer sin paracaídas. De allí que, con el precedente fresco en la memoria del derrocamiento de Zelaya en Honduras, se activaran todas las alarmas y los dispositivos de emergencia. Unasur movilizó a los presidentes en apoyo a Correa, la OEA llamó a reunión de emergencia, Perú y Colombia cerraron sus fronteras en previsión de lo que pudiera ocurrir. El análisis de lo ocurrido en Ecuador está en desarrollo pero su significación como la crisis de Honduras, revela que hay algo más de fondo.

¿La última crisis de Ecuador?

Era inevitable que con el presidente Correa encerrado en una habitación del hospital policial de la capital y con una asonada de esa fuerza, en protesta por una ley que concierne sus privilegios de carrera, se evocara la caída de otros presidentes en ese país. Tres desde 1997. Las circunstancias de esas crisis se originaron en protestas que se extendieron, en el aislamiento político y el debilitamiento de la legitimidad de los presidentes.

El elemento determinante fue que no hubo ni institución ni fuerza que impidiera la debacle. El sistema político ecuatoriano se había convertido en una gelatina y los militares no estaban dispuestos a pagar el precio de sostener presidencias desgastadas.

Correa llegó  al gobierno en brazos de la crisis, al frente de una coalición nueva, heterogénea, alianza país, que le dio la fuerza para sostenerse, llamar a una constituyente, elaborar una constitución y continuar con un segundo mandato en el que goza todavía de una mayoritaria opinión favorable. El país salió de la gelatinosa situación institucional, de hecho la asonada no prosperó y los mandos castrenses defendieron la institucionalidad y el gabinete y las instituciones no se desbandaron. La democracia resistió y la función presidencial pese al bochorno y los riesgos incurridos por el mandatario no naufragó. Este hecho fundamental debe ser rescatado y saludado como un triunfo político de la democracia ecuatoriana.

Queda la discusión sobre la significación política de este acontecimiento desde la llegada de Correa al gobierno en 2007 y de su lectura a futuro.

La hipótesis de un golpe de estado orquestado y en el que la asonada policial no era más que el detonador comenzará quizá a disolverse por su propio peso. Ello no quiere decir que no haya sectores duramente opuestos al gobierno Correa. En marzo 2010 se realizaron reuniones entre la junta cívica de Guayaquil, empresariado opositor y la confederación de nacionalidades indígenas Conaie para apuntalar un frente anti Correa cuyo levantamiento iniciaría en febrero de este año. Estas reuniones calificadas luego de anti natura por la propia Conaie no prosperaron, pero son un indicador de exasperación, de un un ambiente de malestar que el gobierno no puede ignorar.

El gobierno de la “revolución ciudadana” como se autocalifica, enarboló objetivos populares, contra la partidocracia y el neoliberalismo y concitó un apoyo pluralista de diferentes sectores y organizaciones. En este sentido alianza país se proyectó en las elecciones de 2006 como un bloque político, producto de una convergencia de malestar, por fuera de las organizaciones tradicionales populares y políticas de izquierda. Estas, en el marco de una crisis terminal del sistema político, con alianzas sociales, movilización y protestas, con anuencia o tolerancia militar, tumbaron varios gobiernos pero carecieron de capacidad de articular una alternativa política de gobierno, algo que vino a llenar alianza país como referente político pero por encima del universo organizacional de su base. Alianza país y Correa tuvieron el doble merito de construir y liderar ese referente.

En un balance general probablemente el gobierno de la alianza no sea un mal gobierno, aunque muchas cosas son como siempre discutibles y mejorables. Y es en este punto que los frentes críticos se han multiplicado por derecha y por izquierda. La dificultad del gobierno de Correa parece ser el desgaste de su gestión política. En este marco, más allá de ciertos rasgos personales del presidente, la tesis de un mal manejo de los conflictos y de su baja capacidad de lidiar con el pluralismo democrático, en beneficio de un liderazgo centralizado que lesiona la institucionalidad, viene cobrando fuerza.

Por la derecha los conflictos se acumularon con la banca, las trasnacionales, los medios de comunicación y el empresariado más conservador de Guayaquil, frente a un retorno de la regulación y la intervención pública. Sin duda una demanda mayoritaria en el Ecuador petrolero, dolarizado y neo-liberalizado. La dosis de conflicto con los intereses constituidos en la política y la economía, su adversario en las elecciones de 2006 era un conspicuo político y millonario ecuatoriano, eran sin duda inevitables. La gestión de ellos careció de suficiente mediación política e institucional, de generación de coaliciones de apoyo en diversos sectores de la política pública, sustituida por un activismo y exposición presidencial que favorecía una exhibición de discrecionalidad en detrimento de la funciones del estado.

Por el lado de su base de apoyo la gestión presidencial también se ha desgastado. El proceso de elaboración de la nueva constitución de 2008 logró su aprobación pero arrojó una degradación de las relaciones políticas. La ruptura entre las dos figuras emblemáticas del nuevo movimiento, Alberto Acosta presidente de la asamblea constituyente y Rafael Correa en 2009, el distanciamiento entre el movimiento indígena y el gobierno, la oposición del movimiento feminista y los movimientos de protestas mostraban la dificultad de la alianza país y de Correa en particular de generar alianzas en vez de exigir subordinación y alineamiento. En 2009, los conflictos se agudizaron con los indígenas en el tema del agua y la exploración petrolera, con los profesores primarios y secundarios y con los estudiantes universitarios. En definitiva muchos frentes a la vez, en cada momento Correa ha sido duro con quienes lo critican o manifiestan diferencias, con más de algún exabrupto personal “demostrando escasa disponibilidad del gobierno para entablar procesos de diálogo y negociación” como lo señala Franklin Ramírez de Flacso Ecuador en Nueva sociedad No 227, de mayo junio 2010.

Poco a poco la dinámica positiva de la alianza país en la sociedad ecuatoriana muestra sus debilidades y su desgaste, ciertamente superables pero ello requiere una redefinición del modo de gobierno y del liderazgo. La cuestión de fondo es que el tipo de modo de gobierno que prefigura el estilo Correa puede caminar hacia el vacío político más allá de la opinión pública favorable. En la hora de las crisis son las fuerzas constituidas las que definen los desenlaces y no los sondeos de opinión. El liderazgo personalizado por encima de las instituciones o la subordinación de ellas al exclusivo funcionamiento del gobierno por fuera de su misión, y la falta de un entramado organizado de apoyo que articule coincidencias y diferencias pueden ser el talón de Aquiles del gobierno de la revolución ciudadana.

Como bien señala Simón Pachano en su columna del diario El Universo el lunes 4 de Octubre, “La indiferencia al debate, a la búsqueda de acuerdos y a la incorporación de la opinión de los otros sectores es una imposición que en algún momento pasa la factura. La calificación como golpe de Estado y como conspiración a lo que comenzó como un conflicto interno de la Policía es el peor punto de partida para una comprensión que debería llevar a la autocrítica y al abandono de la política entendida como guerra.”

El difícil parto de democracias maduras

La reacción de apoyó a Correa en el continente una vez más recorrió la frontera ambigua entre defender la democracia y el presidente resultante como cuestión de principio y asumir la tesis del golpe y sus instigadores. Lo primero es básico lo segundo es entrar en el análisis de la situación interna. Es que casi todos los presidentes electos que se identifican con la izquierda vive el el síndrome del golpe, con el antecedente histórico de Salvador Allende, gobierno electo y derrocado, por sectores conservadores con apoyo externo que no aceptaban el veredicto de las urnas.

Pero la historia hoy no es la misma y cabe reflexionar sobre ello. Si América latina tiene el triste record del mayor número de golpes de estado, incluso por país, desde el 2005 contabilizamos no menos de 19 procesos electorales sin interrupción para renovación de autoridades nacionales. Las elecciones y la democracia son la norma de legalidad y legitimidad de los gobiernos. De allí que los golpes de fuerza al estilo clásico, podrían considerarse una rémora del pasado, excepcional y no una amenaza latente. Sin duda que el golpe contra Chávez en 2000 y contra Zelaya en 2009 revivieron la amenaza y la percepción que aun es un recurso político de sectores conservadores.

Pero esto debe ponerse en un contexto más amplio y no solo en la antigua contradicción: conservadores de derechas y revolucionarios de izquierda.

En primer lugar porque entre los dos falta la palabra democracia que en el pasado no tenía el mismo valor que ahora y en segundo lugar porque ninguna de las dos fuerzas tenía un proyecto político que la reforzara o la construyera según el caso. De allí que la excepción siga siendo Allende en Chile en 1970-1973.

La cuestión actual es que la ola democrática iniciada en los 80 en sustitución de las dictaduras se agotó como instauración de elecciones y libertades. Nuestras democracias incipientes están chocando con tres obstáculos. Como pasar a democracias maduras, institucionalizadas, capaces de ser el marco político del conflicto y canalizarlo. Lograr que gobiernos y fuerzas políticas apoyen una democracia contractual y no sólo de conflicto. Lograr que gobiernos y fuerzas políticas que se desenvuelvan en democracia como proceso y no como lucha terminal en que se elimina al enemigo, en vez de generar mayorías políticas y hegemonía en que el adversario hace parte del sistema político y de la alternancia política.

Estos aspectos son críticos porque las demandas sociales y los conflictos, en un continente muy desigual y con pobreza, sacuden la capacidad del sistema político, de los gobiernos y de las fuerzas políticas, para responder sin llevarse por delante la democracia.

Y cabe decirlo con fuerza, los problemas vienen no solo de la derecha, vienen también de las diferentes manifestaciones de la izquierda. La derecha ha tenido básicamente un método para conservar el orden injusto, la izquierda un método de movilización y lucha pero ninguno de los dos ha tenido una propuesta de sistema político y la capacidad de organizar un acuerdo fundacional, republicano en torno a la democracia. Esta entonces puede existir pero los actores juegan en el margen y no dentro de sus límites.

Y a menos de matarnos cíclicamente, triste destino, las fuerzas políticas pueden o no contribuir a superarlo.

Fujimori sentó  un precedente terrible y temprano en 1992 como presidente electo en democracia, con el autogolpe, la manipulación constitucional, forzar ilegalmente un tercer periodo y amañar las elecciones, hasta que cayó  en el 2000. Otras fuerzas llegadas en el marco de crisis de sus sistemas políticos (Bolivia, Ecuador y Venezuela) han operado en el vacío y la discrecionalidad generada por la crisis, licuando las instituciones de la democracia en vez de contribuir a reforzarla. Y aquí el problema no es su reforma o su mejora sino que es lo que queda funcionando como sistema político y modo de gobierno.

Otros países donde la democracia es más una aspiración en movimiento que una realidad se dan situaciones similares, como en Centro América, con otros agravantes. En este cuadro hay pocas excepciones en América latina.

Quizá el contra ejemplo más fuerte en este momento sea Brasil. En que el sistema político permitió la llegada de una fuerza política de izquierda, pero esta reforzó la institucionalidad innovando, probó que podía administrar y hacer avanzar su programa y reposicionarse internacionalmente. Ello incluyó cosas no menores, detener la iniciativa de las Américas de la era Bush, fundar Mercosur y Unasur.

Podrá  argumentarse que Brasil es una excepción en todo y no le han faltado las críticas por derecha e izquierda. Pero el partido de los trabajadores mostró madurez, capacidad de aprendizaje y desarrollar un programa, no es poca cosa, sin retorica inútil y con democracia. En una entrevista reciente Lula concluía que después de todo el problema más importante en América Latina era la democracia. Es también la conclusión de este artículo.

Angel Saldomando

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